Bloqueo

Y al rozar de las yemas de nuestros dedos
se detuvo en seco el péndulo del metrónomo,
mis manos ya no se deslizaban por las teclas,
y el macillo no tenía fuerzas para golpear las cuerdas del piano.
Todo se tornó en un calderón sobre un silencio que no quería dejar de sonar.
Y me quedé náufraga,
con el corazón arrugado y los ojos todavía húmedos,
esperando a que la mano invisible se incline a un lado u otro de la balanza.
Me percato de que ya no me sirve huir del presente,
y me veo a mí misma intentando reconstruir los cimientos
que ha derribado el simple roce de las yemas de nuestros dedos.

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