Introspección

¿Por qué no puedo escribirte esta noche una poesía?
¿Por qué mi lírica crece pobre, y mi numen se ausenta?

El frío, como yedra, abraza mis pies descalzos
mientras me asomo a mi abismo buscando versos.
Paisaje abrupto de ramas y tallos quebrados,
de espinas sin rosas, de pétalos quemados,
y el aire cargado de pesares mal curados.

Encuentro aquí mis restos arrugados, huérfanos;
a cada paso resuena un eco disonante,
vestigios de los acordes que me dedicaste.
Todavía hacen, o acaso haces, mella en mí.
¡Cuánto tiempo sin cuidar de este jardín!

Dejo que me arrastre la rabia a alguna parte.
Camino por horas pasadas y te veo a ti;
veo tu silueta y tu gallardía al andar,
y desearía por un instante que te acercaras
con el corazón y el rostro sin lavar.

Creo que te escribiré una epístola envuelta
en los cromatismos de mi alma de plata ensuciada;
y te preguntaré, amor, por qué,
por qué no pudiste reírte de tu miedo a ser,
y donde cayeron las palabras mal lanzadas.

Te preguntaré el rumbo, si es que acaso lo sabes,
donde se dirigían tus líneas torcidas.
Te preguntaré el por qué del magma congelado,
de nuestro tifón cobarde,
capaz en realidad del amor más salvaje.

Y sobre todo, te preguntaré por ti y por mí,
y te pediré, por favor, amor, que te vayas,
que me dejes en mi abismo de zarzas quemadas,
y escribiré unos versos que no serán para ti,
sino para mis raíces resentidas y apenadas.

Me acurrucaré a la sombra deforme de mis ramas,
y cristalizaré mis lágrimas, que te cuiden,
que sean mi apasionada despedida fortuita.
Ahora entiendo que la peor de mis fallas
fue pedirte que regaras mis flores marchitas.


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